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Montar un peluche gigante. Como el Rey David.

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Fotógrafo desconocido. No es mía.

Fotógrafía por Willy Hernández. 

Por Aixa de López

 

Mi amigo Alex publicó la foto (que confesó haber robado*, por eso es mi amigo) de un señor cabalgando uno de esos novedosos peluches gigantes, en un centro comercial de la ciudad de Guatemala.

A ver… regresemos a leer ese enunciado. Un Señor, adulto. Un peluche gigante. En un centro comercial. En público. En la Ciudad. Si.

El tipo me robó el corazón, primero, ¡porque me arrancó una tremenda carcajada!… por el “shock” de ver la escena, por la sorpresa de su resuelta acción y porque yo no sólo hubiera tomado la foto, hubiera tenido que ir a saludarlo (¡a que me atrevo! pregúntenle a mi familia). Y segundo, porque la foto capta a un hombre conservadoramente vestido, serio, y sorprendentemente, completamente decidido a experimentar esa cosa. Quizás eso es lo que más me fascina y me hace reír y admirar… el hecho de que alguien que yo no espero ver subido en un peluche gigante en un centro comercial, ignore mis prejuicios (y los de la mayoría de ustedes) y simplemente se monte en esa charada. Esperaría ver a niños, o a lo mucho, a un adolescente bullanguero, con una de esas gorras de lana de colores, con el pantalón a media nalga y con ganas de hacerse el chistoso frente a las chicas. Pero a un señor formal que se parece a mi profesor de Contabilidad en la secundaria, no. Y en la foto no se le ve ni siquiera con risa nerviosa. No me pasa. Me fascina.

Algunas de mis amigas dijeron que les dio sentimiento ver al hombre montado en Winnie Pooh, porque parecía que hacía falta cumplir algunos sueños de niñez… y comparto un gajo de esa naranja, pero no me puede terminar de dar tristeza, porque creo que él pudo acostarse más contento esa noche. Se me hace el tipo de gente que entra con una bolsa enorme de efectivo a comprar un Pick-Up nuevo, al contado. No me da tristeza, me da orgullo ajeno. De esa gente que ve cómo cumple sus sueños.

Ese hombre me hace pensar en la gente libre. Hay que pararse a ovacionar a la gente que vive así. No tiene tiempo de oír las voces que dictan sentencia sobre sus alegrías. No entienden el lenguaje de la vergüenza, en el mejor de los sentidos. La gente que vive esclava de la opinión pública no vive tanto, la verdad. Medio vive… porque medio disfruta. Se la pasan penando por hacer o decir algo que quede bien y cuando hacen y dicen, igual no quedan satisfechos. Máxime si lo que hicieron o dijeron no expresa lo que aman de verdad. Cada vez que nos vendemos a la agotadora tarea de agradar a los demás, nos morimos un poco porque nos odiamos un poco por traicionar nuestra integridad.

¿Saben quién más hubiera montado peluches gigantes en centros comerciales? David. El rey más famoso que conoció Israel. Ese cuate no tenía el más mínimo empacho en vivir genuinamente. La opinión pública jamás lo movió y la opinión privada tampoco. El día que Dios mandó al profeta Samuel a nombrar al futuro Rey, nadie lo hubiera escogido. Nadie. Ni su papá. Lo bueno es que no era consulta popular, ni vuelta electoral, era designio divino. Dios dijo que ese era el Rey, porque vió su corazón.

El corazón verdaderamente libre es el que se sabe de memoria lo que Dios dice de él. A David no le movió la opinión de su papá, ni de sus hermanos, ni de ningún humano. Es más, cuando más adelante, ya siendo rey, mete la pata y comete adulterio y asesinato (la Biblia es mejor que cualquien telenovela, garantizado! Lean toda la historia en 2 Samuel 11 y 12) y Dios manda a Natán a confrontarlo, David no dijo “que pena… qué van a decir mis súbditos?… quedé mal con la Corte… van a salir bajas mis encuestas”… lo único que lo mataba era haberle fallado al Dios que veía su corazón… David se moría por Dios. Vivía para Dios, y nada más le importaba. Esa era la fuerza de David, con razón de niño confrontó al gigante al que venció, con razón perdonó al suegro que tanta envidia le tenía, por eso adoptó a un niño discapacitado, y claro… por eso bailaba como loco, en público… 

Y tengo que decir: ser auténtico no es vivir como tonto haciendo ridiculeces o maldades sólo porque nos da la gana. No existe “auténtico” afuera de Dios y su ley perfecta. 

…díganme que no nos encontraríamos a David montando a Winnie Pooh haciendo carreritas con el doncito de aquí?

 

*Si alguien sabe quién es el fotógrafo original, favor escribirme para darle el crédito y si alguien conoce al jinete valiente, por favor le dan un abrazo de mi parte.

Última hora!! El mismo día de la publicación de este post me contaron que el fotógrafo se llama Willy Hernández. ¡Qué buena toma Willy!

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1 comentario

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  1. mariajose de vasquez

    Qué preciosa lectura! Inspiradora! Te amo Aixita!!

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