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Días grises

Días grises

Por Aixa de López

 

¿Han tenido esos días raros? En los que no saben exactamente cómo se sienten? En los que pareciera que no se siente nada?… supongo que es parte de la experiencia humana y del caminar con Cristo. 

Si asumimos que se trata de “sentir” nos desenchufamos de la Fuente de vida. Nos desatamos del muelle, y resultamos barcos a la deriva. 

Reconocer que hay días grises, incómodos y “sin forma” no significa que seamos menos Suyos, menos amados o menos aptos para lo que nos manda a hacer. Significa que somos humanos. 

¡Lo maravilloso es que Él lo ha sabido desde el principio! Y no nos llamó por ninguna razón contenida en nosotros mismos, sino por amor a Su Nombre y para la alabanza de Su gloriosa gracia. 

Aún en los días “raros”, tengo a Quién voltear a ver, a Quién elevar mis brazos, a Quién adorar por su eterna estabilidad y en Quién confiar por su inigualable fidelidad. 

Aún cuando no sé ni qué me pasa, ni qué siento, tengo en Quién creer. Eso me hace de carácter firme, aún en estos días, porque se trata de Él y Su perfección, no de mis sentimientos o capacidad. Me sostiene la convicción y no la emoción. 

Al de carácter firme lo guardarás en perfecta paz, porque en ti confía. Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna. Sí, en ti esperamos, Señor, y en la senda de tus juicios; tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra vida. Señor, tú estableces la paz en favor nuestro, porque tú eres quien realiza todas nuestras obras.”

Isaías 26:3-4, 8, 12


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Mariposas o gusanos

Mariposas o gusanos

Por Aixa de López

 

Me dieron tanta tristeza que no tengo fotos. Llegaron demasiadas en esa ocasión y la alegría de verlas crecer se volvió en angustia cuando se terminaron la comida. Traté de ir por unas cuantas ramas más a donde mi mamá (ingenua de mí) y por supuesto que no fueron suficientes.

De las pocas que lograron crecer y colgarse, un par lograron convertirse en crisálida y salir, pero ninguna logró volar. Un pequeño ejército de orugas muertas, aparentemente crecidas pero vacías. Como cascarones. Unas cuantas crisálidas eternas y el par de mariposas que nacieron sin poder volar… que entonces no se si llamar mariposas.

Alguna vez en el pasado, sin aún haber presenciado la maravilla que es la metamorfosis de las monarcas en mi jardincito trasero -como he podido en los últimos 4 años- escribí una cursilería como “todo lo que necesitamos para convertirnos en mariposas ya esta dentro de nosotros“… ¡ay por favor! ¡qué pena!… y ¡Qué mentira! La Biblia lo dice por todos lados y los jardines igual. Es verdad, la crisálida o el capullo no lo construyen afuera de ellas, más bien se quitan el traje de oruga como si fuera una pijama; pero lo que he llegado a entender es que es absolutamente imposible que se conviertan en mariposas sin alimentarse de lo que deben, porque están diseñadas para unirse a esa planta específica al punto de digerirla y así ser transformadas. No fueron hechas para otra cosa.

A menos que coman lo correcto y coman mucho, lo que ellas son por si solas, será simplemente insuficiente; sin el alimento no son más que gusanos muertos.

Y todo habla de Jesús y de su santa e invencible disposición de darse a nosotros con tal de saciar el hambre que programó dentro nuestro, que será insaciable hasta que sea Él quien llene nuestra boca, nuestra mente, nuestro corazón. Estamos cableados para la transformación pero jamás pasará sin que el que nos cableó nos regale hambre por lo que traerá vida: Sus palabras. Su Libro. No fuimos hechos para auto-ayudarnos, auto-mejorarnos o auto-estimarnos.

Sin planta de algodoncillo no hay mariposas monarca y sin Su Palabra, no hay Cristianos. No es suficiente probarla o recibirla esporádicamente, es necesario masticarla, tragarla, digerirla, hacerla nuestra continuamente. Cualquier otra cosa podrá hacernos crecer por fuera, ¡pero jamás lo veremos a Él! Jamás lo amaremos. El hambre que Él da al que hace nacer de nuevo no es de cumplir una tarea, sino de mirarlo a los ojos en cada página. Eso es lo que transforma… ¡Él es Quien transforma! Sin Biblia, tendremos gente llenando las bancas y llenando sus agendas, incluso llenando cheques, pero con almas vacías, sin rumbo y sin fuerza en sus alas.

Mariposas que no se si llamar mariposas, cristianos que no sé si llamar cristianos…

¿Cómo vamos a amar a un Dios que se revela en un libro que no abrimos? Sin comer Biblia, somos gusanos muertos.

“Hijo de hombre, presta atención a lo que te digo. No seas rebelde como ellos. Abre la boca y come lo que te doy».” -Ezequiel 2:8 


 

 


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Encajar

Encajar

Vi su silueta canada del otro lado de la puerta de vidrio; del otro lado, donde cada vez que cruzo dejo de ser extranjera.

Él me cobijó con su nombre hasta que me entregó en el altar, pero su abrazo protector nunca me falta. Regresando de sepultar a la mujer cuyo vientre fue usado para traerlo al mundo, aún de negro, se paró a esperarme. Su sonrisa cansada me dio la bienvenida. Como un millón de veces antes. Su sonrisa fue -y en muchas maneras- sigue siendo, mi hogar. Después de recorrer el mundo se necesita regresar a donde uno encaja perfectamente cuando abraza. Donde uno ha sido recibido ese millón de veces antes.

Por eso cuesta tanto la despedida. Porque uno quiere siempre regresar. Ella se debilitó poco a poco, y empezó a rehusar comer. Es claro que al final de la carrera, el discípulo sabe que el verdadero hogar llama y es lo único que al final desea ¡bendito sea Dios! Se nos va muriendo el apetito por este mundo para incrementar el hambre por lo eterno.

Mi papá se despidió con un “hasta mañana”, se fue a su casa, se cambió, pero luego de un momento sintió que debía regresar; volvió a ponerse la ropa y se fue, porque ella y su abrazo eran su hogar… donde desde niño encajaba perfectamente. Y era hora de un adiós más largo. Ya no habría otro “hasta mañana”.

Ella murió con las caricias de su hijo en la frente y las voces de sus hijas en el oído, como siempre debería ser.

“Perder un padre nunca es tan duro como crecer sin uno”… eso precisamente oí en la conferencia de la cual tuve que regresar. Digo “tuve” porque el amor obliga (impulsa, jala, llama) y estar presentes para celebrar y llorar juntos es de lo más importante, porque así es como contamos una historia mayor. Una que cuenta del Dios que dio su Hijo, su Único, para costear nuestra adopción. Me he equivocado demasiadas veces. Confieso que me ha faltado amor. Tuve que regresar. Quise regresar.

Entre ir y venir, aeropuertos y pasaportes, veo a mis niñas pequeñas… las que nacieron en mi corazón… ¡Qué gran viaje el de la adopción! Un trayecto intenso de un extremo en el que se sobrevive en la mentira de la autosuficiencia hasta el otro extremo, en donde se aprende a confiar y descansar en que alguien vela por uno y lo ama, no porque lo merezca sino a pesar de todo. Donde uno va dándose cuenta de que tiene opción de ir acomodándome a un abrazo hasta que encaja perfectamente, y poco a poco se va volviendo el lugar al cual quiere regresar. De extraños a entrañablemente defendidos.

Y todo habla de Él. Ese sentimiento de vacío y esa tristeza profunda que no termina de irse, indican que añoramos nunca ser dejados. Añoramos lo correcto, porque lo añoramos a Él. Aún sin darnos cuenta, no concebimos historias sin final feliz, y es porque el final feliz es Él. Todo apunta a una eternidad adquirida con sangre, donde nuestros corazones naturalmente huérfanos dejan de serlo, confían perfectamente y gozan a Su Padre para siempre, sin decir adiós nunca más. El final Perfecto sólo puede ser Él, porque sólo Él no tiene final.

Nacimos para pertenecer a alguien que diga “mío”. Estamos hechos para ser anidados en el vientre, en los brazos, para ser hogar unos de otros, para nacer deseados y morir acariciados… Para esperarnos detrás de las puertas del aeropuerto y dejar de ser extranjeros. Para ser abrazados hasta encajar. Para nunca más decir adiós.

«No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío.» -Isaías 43:1


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El disfraz

El disfraz

Por Aixa de López

El diablo no es misterioso, nosotros somos haraganes en leer su descripción en la Biblia.

¿Cómo podemos creer que nuestro Buen Padre y Pastor nos pondría en el mismo corral junto a ese lobo sin darnos cómo vencerlo? Es triste ver cuánto se engrandece a ese rebelde derrotado o cuánto se ignora por lo fino que se viste. Como en los días de Moisés, nos impresionan las señales y prodigios sin pesar lo que distingue al siervo de Dios: el carácter de Cristo. El poder del Espíritu, sin excepción, producirá frutos en el carácter porque ha cambiado la naturaleza y la mente.

El carácter es lo que somos cuando sólo Dios nos ve y el que vive delante de Dios, refleja el carácter de Dios. El diablo y sus ayudantes saben mucha biblia y la recitan torcida. Saben textos pero no los comprenden ni aman. No distinguen de Quién se trata y para qué fue revelado. El que odia nuestra alma y a su Creador sabe oírse bien para entrar suave, como el veneno. El oponente de Dios es astuto, jamás aparentará ser el oponente, sino amigo, aliado, bueno… eso es lo que lo hace tan malvado. Me enluta (no tengo otro adjetivo) ver a tanta gente siendo engañada porque no es diligente en pelear por encontrarse con Dios a diario en sus páginas. Me entristece mi propio corazón terco que se conforma con tan poco y le ruego que me de más amor por Su Verdad para no ser engañada ni de mi propio corazón. La Biblia es la voz de Dios pero nuestro corazón natural se rehúsa a oír, prefiere los cuentos que se le antojan.

El maestro del disfraz… no usa trajes que inspiran miedo, sino ternura y confianza. Uno de sus mayores éxitos ha sido hacer creer al mundo que se ve feo, rojo, feroz y macabro, cuando la Biblia no lo presenta así. Pensamos que el lobo va a aparecernos enseñando los colmillos y parando el pelo de su lomo, cuando en realidad viene vestido de oveja mansa y apacible; eso es lo verdaderamente aterrador.

Los que somos de Cristo no solo sabremos distinguir la voz del Buen Pastor, sino discernir al que parece ángel de luz pero es nuestro enemigo.

Por favor, sopórtenme, aunque parezca yo estar un poco loco. Dios ha hecho que yo me preocupe por ustedes. Lo que quiero es que ustedes sean siempre fieles a Cristo, es decir, que sean como una novia ya comprometida para casarse, que le es fiel a su novio y se mantiene pura para él. Pero tengo miedo de que les pase lo mismo que a Eva, que fue engañada por la astuta serpiente. También ustedes pueden ser engañados y dejar de pensar con sinceridad y pureza acerca de Cristo. Y es que ustedes aceptan con gusto a todo el que viene y les habla de un Jesús distinto del que nosotros les hemos anunciado. Aceptan un espíritu diferente del Espíritu Santo que recibieron, y un mensaje distinto del que aceptaron… [falsos profetas] andan engañando a la gente diciendo que son apóstoles de Cristo y que sirven a Dios igual que nosotros. Lo cual no es extraño. ¡Hasta Satanás se disfraza de ángel de luz, y también sus ayudantes se disfrazan de gente que hace el bien! Pero al final recibirán el castigo que merecen por sus malas acciones.”

‭‭2 Corintios‬ ‭11:1-4, 12-15‬ ‭TLA‬‬

*Fotos: Aixa de López y Unsplash

Las piñatas de diablo son típicas del 7 de diciembre en Guatemala, cuando mucha gente acostumbra “quemar al diablo”


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Ritmo de guerra

Ritmo de guerra

Por Aixa de López

 

Es lunes ¿Cómo llegaron ayer a la congregación? ¿Qué pasa usualmente en el Día del Señor? ¿Cómo salimos de la casa? 

Soy mamá de 4 y esposa de pastor. Mis domingos pueden ser bien locos… y llegue a darme cuenta de algo que creo que no se limita a mamás o a esposas de pastor, y por eso lo comparto y quienes me leen usualmente, ya saben que yo soy sobria en cuanto a usar términos como “guerra espiritual” o mencionar a Satanás. Así que aquí les va: 

Muy a menudo permitimos que el diablo manosee nuestras vidas, descuidando las pequeñas pero sagradas rutinas que son fáciles de subestimar, como por ejemplo las mañanas de domingo. Sin un plan de acción, es increíblemente fácil perder de vista para qué nos levantamos ese día. Si no pensamos en lo que mi esposo llama “la ruta crítica” allí se nos mete zancadilla el enemigo de nuestra alma. ¿Cómo? Sin dedicarle 5 minutos a asignar tareas a cada hijo para la mañana siguiente, pensar qué me voy a poner y contar el tiempo necesario en ir por la abuelita… los niños amanecen con amnesia, no hay desayuno hecho ni mesa puesta, entonces empiezan las discusiones, acusaciones y tensión… (mis hijos ya están en edad de hacer desayuno, lavar, etc etc) y nos desenfocamos. Esto es el objetivo del diablo: poner nuestros ojos en nosotros mismos y nuestros placeres inmediatos, para que nos olvidemos de nuestro Precioso Salvador y Su trabajo terminado en la cruz y somos TAN débiles y torpes, que ¡un par de horas antes de tener que salir por la puerta bastan para lograrlo!

¿Cómo es guerra espiritual mi plan de domingo en la mañana? ¡Cerrando los agujeros por donde se mete la discordia! Cuando cada integrante sabe su papel, ejercita su obediencia, su servicio amoroso a su familia, se siente importante y amado. Y yo no tengo porqué pretender ser la única capaz, mi trabajo es instruir, y el domingo puede ser aún más especial. Es otro tipo de discipulado. 

No todas las mañanas corren tan suavemente, pero  he aprendido a valorar muchísimo el poder de los ritmos dentro de la casa. Veo cómo Dios nos aporta temporadas, ciclos, días, todo regularmente, vez tras vez. Para que en medio de ese correr lo conozcamos. 

Si podemos salir de la casa más contentos por haber practicado mil pequeños actos de obediencia y bondad en el contexto de la casa, les aseguro que el corazón ya llega más dócil a recibir la Palabra, a dar adoración y a amar a los demás prójimos. 

Es lunes. Nos queda una semana para trazar un nuevo plan de guerra, que comienza pensando quien pondrá la mesa.


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Desiertos y Jardines

Desiertos y Jardines

Por Aixa de López

 

LA BÚSQUEDA EN GOOGLE: «Flores acuarela colores pastel». Así amaneció mi día ese 8 de marzo de 2017. Ella cumple quince años en noviembre. Empecé los preparativos y mi mente se llenó de ella, un arcoíris de colores suaves y sus flores de acuarela… mi mente se llenó de ella…

Imagen Pinterest

El asombro de abrir el sobre de papel que decía «positivo», la alegría de sentir sus primeros movimientos dentro de mí mientras estaba sentada en esa banca de la iglesia, la primera vez que lavé su ropita pequeña decorada con osos y moños, la primera noche en que fuimos tres y la arrullamos inseguros y admirados. Llamarla por su nombre mirándola a la cara… Ana Isabel. Años de experimentos y arte, de historias a la hora de dormir, de preguntas brillantes y afirmaciones sabias… de berrinches y lecciones… su cara lozana y su mochila ordenada. Quince años de reto y maravilla.

Mientras yo preparaba la invitación para celebrar su vida, no sabía que, simultáneamente, un fuego que había empezado
 en corazones áridos de amor se esparcía hacia fuera por la desesperación.

Cuando las lágrimas dejan de ser atendidas, se vuelven desiertos desolados que queman por dentro. Fuimos diseñados para nacer frágiles y depender de alguien más fuerte y sabio, y se nos entrega sin palabras, pero con necesidades. Se nos entrega con frío para ser arropados; con hambre, para obligar el contacto; con debilidad en el cuello, los brazos y las piernas, para ser sostenidos. Se nos entrega pequeños para ser protegidos. Nos volvemos humanos en la coreografía lenta y torpe de ser familia… un bebé sin el recurso de un adulto seguro que traduzca su llanto empieza a creer que debe salvarse solo. Sus lágrimas se secan y transforman en desiertos los que debían ser jardines y sus corazones, en caparazones duros para esconderse.

Foto Unsplash

Mientras mi mente se llenaba de colores pastel, esa bodega se llenaba de fuego.

Sus gritos empezaron mucho tiempo antes, aunque parecía rebeldía. Sus gritos que rogaban amor parecían desafío. Una vida que llega sin ser querida resulta ser un río salvaje que, sin ser encauzado, arrasa todo aquello para lo cual llegó a ser. Los gritos y las lágrimas evaporadas por el desierto interno de las niñas salían en forma de insultos y amenazas, en forma de desobediencia. No sabían cómo más pedir auxilio. Y los cuidadores no sabían hablar su idioma ni conocían el idioma de Dios.

Mi corazón se inundó de humo. Y mi teléfono, de mensajes.

Foto internet

Esa mañana, murieron 19 niñas adolescentes que estaban internadas junto a otros más de 700 niños, en un centro de protección del gobierno.
 Sus cuerpos habían sido moldeados en los vientres de mujeres como yo, por el mismo Dios que hizo a mi primogénita. Ninguna le era desconocida, «cuando en lo
 más recóndito era [formada], cuando en lo más profundo de 
la tierra era [entretejida]» (Salmo 139:15). Ninguna era algo menos que una creación admirable… y sospecho que no se enteraron… esas son noticias que alguien más grande debe anunciarnos vez tras vez hasta que lo creemos. Alguien tiene que decirlo con las palabras, con la mirada, con el toque seguro. Alguien más fuerte y capaz, a quien miramos al levantar la cabeza, debe interrumpir la mentira programada desde la caída para anunciarnos la verdad de que somos deseados y valiosos porque Él nos hizo y porque Él es bueno, porque en amor nos predestinó al ser adoptados. Alguien debe interrumpirnos… con gotas de agua.

Pintar en el desierto.

Pero el mundo insiste en estampar los corazones más vulnerables con la mentira. Y nuestra inclinación natural 
lo facilita. Esas niñas vivían en una constante lucha por probar que eran dignas, porque no habían descansado 
en conocer que ya todo había sido consumado, y pararon viviendo en el Sahara… en realidad, somos jardines con sed de amor incondicional y de una guía firme y decidida, pero ellas estaban tan áridas y llenas de un calor tan abrasador, tan insoportable, que comenzó un fuego que no pudo ser contenido. Un incendio salvaje en manos de guardabosques no calificados.

La tendencia natural del hombre ante los llantos que se transformaron en rebeldía es responder con fuerza y castigo. Pero la tendencia natural no sabe que lo que una relación rompió, debe ser sanado con otra relación, y las relaciones requieren tiempo y voluntad. Y las relaciones suponen riesgo. El corazón que se volvió desierto no puede ser reverdecido con reglas y castigos; debe visitarse pacientemente, con semillas pequeñas y gotas constantes de intentos de conexión. Porque allí está la solución.

La magnitud de la tragedia hizo visible el tamaño de
 la necesidad interior e hizo evidente lo que la Biblia 
proclama de pasta a pasta: buscamos ser de Alguien. Y jamás descansaremos hasta saber que ese Alguien nos quiso antes
de que nosotros lo supiéramos; que la relación no la iniciamos nosotros y, por ende, no la sostenemos nosotros. El máximo anhelo solo será satisfecho en Jesús y el descanso radica en que no tenemos nada que probar. Él ya peleó por nosotros en un desierto. Pasó hambre y sed, calor y soledad… y venció con la Palabra, confiando perfectamente. Venció en un desierto para poder atravesar el nuestro y traernos al jardín.

Yo puedo soñar y planear una fiesta para mi hija, porque guardo su historia. Ella y yo nos pertenecemos. Celebrar su 
vida es celebrar que la hemos caminado juntos y que nuestro destino no es incierto; que lo que traiga la vida no sorprenderá
 a Dios y que, por bueno que sea, no es nuestra máxima alegría. Sostuve a mi hija en mis brazos cuando tenía tres días de
 nacida y le dije que no sabía quién se iría primero, pero que yo estaba segura que Dios nos tendría en Su mano a todos; que
 yo no podía garantizarle lo que pasaría, pero que le garantizaba que Él jamás la iba a dejar. La enfermera que merodeaba cerca de nosotras seguramente pensó que algo andaba mal conmigo… pero yo debía decirlo en voz alta. Mis miedos no podían 
quedar sin ser entregados y este viaje de ser madre e hija no
era orquestado por mí, y necesitaba mantenerlo a la vista. Pero no todas tenemos ojos para verlo. No todas reciben la noticia
 de un embarazo en medio de alegría, no todas están sentadas en la banca de la iglesia cuando sienten el primer movimiento, no todas lavan con ilusión la ropita pequeña… porque no hay ilusión ni ropita. No todas saben que hay Alguien a quién 
correr para soltar sus miedos. Hay quienes operan a partir del miedo, y no conocen otra cosa. Hay mamás que fueron niñas del desierto, que apagaron sus lágrimas y que, cuando menos sintieron, se encontraron caminando acompañadas de alguien más pequeño, que las necesitaba… y no supieron cómo 
hacer florecer un jardín porque no habían conocido ninguno… ¿Cómo puede un ciego pintar una flor con acuarela?

Pocos días después del incendio, las 19 se volvieron 40. Y nos quedamos pasmados. Y nos llenamos de preguntas. Dios también vio. Y tiene todas las respuestas… pero Dios no ve un número; Él las conoció y tenía contabilizados los cabellos de cada una de sus cabezas. Pronunciaba sus nombres, identificaba sus suspiros y contaba sus lágrimas. Su juicio siempre es justo. Él nunca llega tarde, pero Su mente no es nuestra mente y Sus caminos son misteriosos.

El portón que las separaba del mundo exterior se abrió 
de repente. Los jardines, hechos desierto. Los terrenos destinados a dar frutos, pisoteados y devastados. El mundo por fin vio lo que Dios ya sabía y a lo cual llama. La emergencia trajo luces y cámaras a lo que antes convenía dejar escondido. Niños por los cuales pocos sueñan y planean.

Qué cosa tan dura, ver a los débiles sufrir en un sistema tan desprovisto de lluvia… de gente adulta que haga una pausa y pregunte: ¿Cómo se irriga un corazón hecho desierto? ¿Cómo se construye un puente hacia un corazón cercado? No nos interesa… queremos la belleza del jardín sin el precio de regarlo. Preferimos las flores plásticas de los ratos superficiales que se pueden presumir en Facebook y nos deleita entretener la idea de que, con unos dulces, sanamos la amargura de vivir en las sombras. Nos vamos sin meditar en lo que queda cuando ese portón se cierra. Nos asusta quedarnos. Pensamos que eso es un llamado para unos pocos. Sin embargo, los cristianos normales hacen cosas difíciles. Son inseparables el discípulo y la tarea imposible. Son inseparables el seguidor de Jesús y los desiertos. No se puede ser iglesia sin conocer a su Dios en los lugares difíciles.

El noviazgo de Cristo y la Iglesia no se desarrolla ni fortalece principalmente en un restaurante rodeado de jardines, sino en un campo de batalla en medio del desierto; allí medimos nuestro límite y vemos Su fuerza salvadora. Allí nos enamora y nos asombra, allí nos revela Su grandeza y nos fortalece precisamente por nuestra debilidad. Pero nos cuesta comprender que nos llama a estas batallas justamente para traernos a una relación con Él, para darse a conocer y para llevarnos a nuestro límite y aumentar nuestra dependencia 
en Él. ¿Cuánto se rompió dentro nuestro? Este llamado a reverdecer desiertos es realmente una invitación a ser sanados, al entrelazar nuestros dedos con los Suyos. Una relación nos trajo al desierto; otra relación nos llevará al jardín.

Foto Unsplash

Mi niña cumple quince y podría haber estado en ese mismo incendio salvaje; pude haber sido yo la que golpeaba el portón de esa casa hogar. Pero alguien se acercó a tiempo con semillas de vida y gotas de agua. Alguien interrumpió la mentira que traía programada. Tengo la promesa de un jardín en medio de este campo de batalla, porque la fe vino por el oír Su Palabra. Puedo pintar flores de acuarela porque las veo por la ventana de esas páginas. Hay esperanza. Los ojos de mi corazón lo ven… y el humo se escapa.

 

Este escrito es un extracto del libro Lágrimas Valientes: esperanza viva en un mundo pasajero el 100% las ganancias generadas serán donadas a Vidas Plenas.


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