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S5:16

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Por Aixa de López

 

Lloraba del otro lado de mi ensalada. Me llamó. Varias veces. Y aquí estábamos. Había luchado mucho sola. Sobre todo con su vergüenza y con su orgullo. Y llegó al punto de no poder tachar el último paso en cada secuencia de consejos que encontraba con tal de curarse. Porque no existe eso de la auto-curación o la auto-ayuda… la auto-salvación. Eso es un mito cruel. Si, ya había desnudado su alma frente al cielo y su Rey, pero aún después de ese acto de desafío a su propio reino escondido, faltaba ir y presentarse ante alguien más, que la viera a los ojos con un corazón roto, libre y disponible.

Dejar ver su debilidad era lo último que quería, pero era lo que más necesitaba. El Dios que la hizo, nos hizo, sabe que nuestra carne nos jugará la vuelta, y conoce bien las viejas tretas de nuestro enemigo… ese enemigo que recalienta palabras sucias para convencernos de que no merecemos regresar otra vez con nuestro Padre y que tampoco tenemos un sólo amigo que nos querría después de contarlo todo, porque somos un asco… así es como juega y miente.

El Señor no puede permitirnos esquivar el paso de confesar nuestra maldad a otro, porque sin compartir el quebranto, resultamos caminando torcido y escondiéndolo, como cuando dejamos que un hueso roto se quede desatendido y busque pegarse solito y quede mal. Dios usa voces de santos que han oído mil veces ese discurso acusatorio, pero que han empujado de regreso más fuerte con el discurso redentor que los ha hecho libres. El diablo no sabe contestar a la Verdad que insiste, sólo sabe recortarla y doblarla para pintar un retrato triste de Dios y así dejarnos pensando que nos irá mejor por nuestra cuenta. Y si somos cristianos, no es posible esconder las heridas sin morir. Muchos mueren, no por la herida, sino por dejar que su podredumbre avance hasta el corazón, que es donde se guarda la esperanza.

Sus lágrimas rodaban en parte, porque pensó que al abrir la boca, saldrían piedras picudas que inevitablemente quebrarían la imagen que yo tenía de ella y que mi amor saldría corriendo al oír el estallido. Porque el orgullo se mezcla con la vergüenza, como un aderezo venenoso. Si el diablo no puede matarnos denigrándonos, nos mata enalteciéndonos… diciendo que “esto no es tan grave”, o que lo más importante (y que debemos proteger a toda costa), es la imagen falsa que proyectamos…

Y cuando abrió la boca, salieron piedras… que cayeron de su espalda, y pudo caminar más liviano. Y si, se rompió su imagen… y vi la imagen de Cristo en su quebranto, la pude ver más bella y valiente que antes. Porque sólo alguien que ya entendió su valor en esa Sangre, tiene las agallas de decir lo que hizo. Allí, a medio restaurante, del otro lado de mi ensalada, vi a la mujer del perfume, sin más fuerzas para fingir y sin más razones para hacerlo. Es un momento santo, estar en la mesa del Señor cuando una pecadora entra llorando para derramarlo todo a Sus pies, sin contar la vergüenza pública como algo a lo cual temer más.

Ella vino a mí, porque supo que yo había derramado mi propio perfume, muchos años antes. ¡De lo que nos perdemos al jugar de ser iglesia mientras tapamos nuestras heridas y caminamos torcidos con huesos mal pegados!

Mientras la veía y escuchaba, pensaba en cuánto anhelo que mis hijos sean así. Porque pecarán y quebrarán alguno de sus huesos… y le ruego al Padre, que luchen hasta saber que no se pueden auto-curar y corran por ayuda. Que sean libres destapando donde duele.

Si confiamos en la manera en que Dios quiere sanarnos, que es mandándonos sus abrazos y vendas, en otras manos humanas… nos vamos en cadena… recibiendo gracia para luego atender una llamada, ir a un restaurante y ver a los ojos a alguien que llora y decirle la Verdad, para al final, abrazarnos y querenos más que antes.

“Por tanto, confiésense sus pecados unos a otros, y oren unos por otros para que sean sanados.” Santiago 5:16

Y una canción para este Corazón A papel… (aunque en inglés)


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Que nademos juntos

Salto. Foto por Aixa.

Salto. Foto por Aixa.

Por Aixa de López

 

Señor me dejaste verte y ahora se me prendió un fuego adentro que no se piensa apagar, a menos que hagas que los que me has hecho amar, te vean.

Tu belleza es una que necesito contemplar en compañía. El dejarme verte vino inevitablemente enlazada a una urgencia divina de ir por otros. Necesito que te vean Señor, porque no hay alegría superior.

Necesitan dejar de ver a otro lado porque cualquier otra cosa es una estrella que llegará a apagarse, pero Tú eres la estrella de la mañana y si te ven, sus ojos no tendrán oscuridad jamás y el calor que generas, secará sus lágrimas. Quiero esta alegría invencible para ellos Señor. Y soy muy débil y en mi afán de que te vean, me he desesperado y he actuado olvidando que eres Tú quien se deja ver y mis direcciones o empujones no pueden lograrlo. Ayúdame a descansar en ti Señor y a tener el gozo de saber que así como haces germinar las semillas, cambiar a las orugas y traer la lluvia, sin que yo me de cuenta, así estás trayendo salvación para los que amo.

Señor Tú me has hecho amar a gente que no me comprende y a gente que no te quiere …y esto es un gran problema… porque a medida que me has hecho quererte, quiero que ellos te quieran, porque no encuentro mayor fortuna. Quiero compartir las lágrimas de alegría cada vez que veo otra parte de ti…. Y aún no puedo. Estas relaciones están incompletas porque la mejor parte de mi alma sigue sin ser compartida. Aún no podemos abrazarnos en el alivio de haber sido encontrados. Aún no podemos compartir historias de rescate. Aún no existe el vínculo eterno de la salvación entre nosotros. Quiero que nademos juntos en este mar de gracia al cual me has traído, en el cual me has lavado, refrescado, y en donde me has ensañado a caminar. Ya no quiero que me vean desde la orilla. Llámalos Señor, despiértalos, que respondan al oír su Nombre de tus labios. Que sus oídos vibren y que sus corazones brinquen porque llega la vida. ¡Porque por fin ven, porque al fin oyen! Que su corazón se rompa porque empieza a latir y crecer. Y que yo pueda ver con maravilla cómo sacas vida de una tumba más.

Gracias por amarme y salvarme. Ahora Señor, úsame como usas una arteria diminuta y frágil, para llevar vida al cuerpo, usa este conducto que solito no cuenta, mantenme conectada a la fuente de vida, para que mientras ese día llega, mi corazón sea sostenido, porque es débil, olvidadizo y pequeño, pero me lo has dado para sentir angustia y amor para que no viva para mí. Porque esta alegría no sirve en soledad. Los necesito conmigo, no porque Tú no seas suficiente. No Señor. Aún si me mantuvieras de pie sola, Contigo, todo esto habrá valido la pena. Pero porque aún hay tiempo y este regalo es para más, hoy te ruego. Todo el amor que me derramaste encima sólo se puede notar si me pego a quien te necesita y dejo que le salpique. ¿Qué hago yo con tanto amor? no se puede contener… Quiero que te vean Señor, porque eres bello y porque necesitan vivir para El que nunca morirá. Porque nacimos para Ti y quiero que su Esperanza Viva, empiece en cuanto antes.

Nada de esto puedo pedirte en mi nombre, sino en el Nombre del que me he cambiado de plan y Quien me hizo camino hasta Ti, en ese bellísimo Nombre que me sella y por el que el temor se fue. En el nombre de Jesús, te ruego. Amén.


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Cruces de peluche

IMG_0728por Aixa de López

Me enteré que la manera en que un músculo crece es rompiéndolo. Eso pasa en el ejercicio bien hecho. La fibra se estira al punto de cambiar. Y todo me habla de Él. Me rompe para hacerme fuerte. Vez tras vez.

Y somos un montón de locos si queremos ser hechos fuertes sin querer ser rotos y en querer conocer a Jesús sin pasar por dolor. Queremos un super héroe que no nos pida nada y que nos saque de lo que nos incomoda, dejándonos idénticos. Pero Él nos tiene demasiada misericordia como para dejarnos salirnos con la nuestra y lo que usa para quebrarnos y fortalecernos, es una cruz.

Hecha a la medida. Con amor y con dedicatoria. Una cruz.

Le tenemos miedo a tomar nuestra cruz y a que nuestros niños tomen la suya, porque no vemos la incomparable ganancia. Solo vemos cuánto va a doler, cuánto va a costar y cuánto vamos a sufrir e ignoramos que nos vamos a parar pareciendo al Cristo que decimos amar. Le tenemos miedo a la cruz y por eso lo más popular en Latinoamérica (y el mundo) es una enseñanza adecuada a los ojos naturales que no han sido iluminados, que no exige morir, porque vemos a la cruz unicamente como un instrumento de tortura… es decir, la vemos como el mundo la ve. Nos aterra un Dios que no se parezca nada a los papás de ahora, que prefieren no atravesar a los niños por ninguna incomodidad ni consecuencia, sin trechos de aburrimiento o desesperación. El mundo quiere criar a sus niños en burbujas de cristal rosadas, y la iglesia quiere criar a sus niños dándoles cruces de peluche. Pero de ninguna de las dos formas se moldean discípulos, sino clientes.

Yo permito y hasta planeo, momentos dolorosos para salvar a mis hijos de ellos mismos, y si yo, siendo mala, sé dar eso… ¡Cuánto más el Padre celestial!

Y es una fortuna que Dios no sea una versión gigante de nosotros mismos. Dios sabe mas y piensa absolutamente diferente.

El día que el universo cambió de rumbo y se rompió la eternidad en dos, el Gólgota exhibío varias cruces, y el mundo no supo distinguir la que siendo diseñada para matar, traía vida. El diablo pensó que si mataba al Hijo, ganaba. Pero jamás alcanzó a pensar que lo haría indestructible y que haría posible lo mismo para los que creyéramos. No supo ver porque a menos que Dios mande luz, lo que vemos es lo que el mundo ve: tortura, dolor, pérdida.

Cuando el Señor escoge una enfermedad, una muerte, un silencio… el mundo ve fracaso, pero si lo hemos empezado a conocer, sabemos interpretarlo diferente…”Esto debe ser bueno. Tiene que ser bueno. Él me da lo necesario. Él me ama y está a cargo. Al final va a tener sentido, cuando lo vea cara a cara, voy a saber que esto es necesario. Ya viene el día cuando Él secará mis lágrimas. Esto habrá valido la pena… nada se compara a Cristo…”

Y soportamos mientras adoramos… nos duele y lloramos pero no nos devasta. Nos acerca, nos endulza y nos hace añorar la casa.

Dios nos llama a la cruz, y nos entrega una con nuestro nombre, porque nos ama. Sólo los que conocen el final feliz de conocer a Cristo, la ven como instrumento de refinamiento y santificación, de vida y paz, de eternidad y raíces en la Nueva Tierra. Sin cruz, somos todo menos cristianos.

 

Como les he dicho a menudo, y ahora lo repito hasta con lágrimas, muchos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo. Su destino es la destrucción, adoran al dios de sus propios deseos y se enorgullecen de lo que es su vergüenza. Sólo piensan en lo terrenal. En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde anhelamos recibir al Salvador, el Señor Jesucristo.”

Filipenses 3:18-20

 

 


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enternecidos por la gracia

IMG_5688por Aixa de López

Hay razones maravillosas que impulsan al discípulo de Cristo para decir que si, a una vida que no tiene tiene sentido para la gran mayoría. Ser cristiano no es adherirnos a un estilo de vida lleno de prohibiciones y reglas. No somos de esos que dicen “mi religión no me lo permite”.

Honestamente, los ojos humanos tienen dificultad para distinguir entre alguien religioso y el verdadero cristiano (y quizás siempre ha costado). El religioso trata su relación con Dios como una ida al supermercado, al cual entra con una lista de lo que necesita cumplir y lo que necesita (quiere) que Dios le cumpla a él. La verdad, no ve a Dios como un Rey Santo ante el cual caer reverentemente, sino más como un político de alto rango con el cual conviene tener “cuello”. El religioso hace mucho, se mantiene ocupado y se siente orgulloso de sus muchos roles y es mejor si lo felicitan, pero en el fondo del corazón, labora sin gozo y siempre viendo a los lados para medirse en comparación al vecino. Algo así como el hermano mayor del pródigo. 

En “un buen día” cuando las cosas le salen bien y siente que cumplió, se siente más acreedor de estar frente a Dios y asume que si le fue bien, es porque él es bueno.

En los días malos se excusa, culpa a otros y se distancia de Dios, avergonzado o resentido. Y como el religioso piensa más bien en una relación de negocio, de intercambio, cuando siente que “Dios no le cumple”, se va.

Pero el cristiano… El cristiano verdadero sabe que no tiene derecho o mérito propio para venir delante de Dios, y vive constantemente maravillado de lo que Cristo hizo para traerlo a Su familia. Cada día que medita en la cruz y la maldad que lo habita, alaba más intensamente porque está perfectamente consiente de que solo puede tener una relación con Dios porque está vestido con la perfecta justicia de Jesús, como una bata de hotel blanca, y tibia, que lo cubre y le da derecho. Una bata que él no pagó, sino que le fue dada.

El que ya empezó a entender la gracia, lo evidencia con una vida inclinada hacia el arrepentimiento constante y un trabajo que parte del amor, no que se hace para obtenerlo. El cristiano verdadero desborda en actos constantes de amor sacrificial secreto porque entiende que su Señor lo ve y eso le basta. Vive en santidad porque la santidad es producto de la gracia. El buen comportamiento gozoso, es producto de haber sido amados.

Vive tan encandilado por ese regalo, que no puede pensar que es mejor que otro. Ha perdido su capacidad de ver a alguien hacia abajo. Entiende que él es un mendigo al que le hicieron el favor. Y su corazón se ha llegado a ablandar tanto por esa muerte de cruz que tuvo que suceder, que el dolor de pecar, aumenta. Cada vez es menos difícil pedir perdón y se apura a perdonar. Recibir eso que no merecía lo ha enternecido hasta cambiar lo que quiere: lo que quiere no es esquivar el castigo de no cumplir reglas… quiere a su Padre.


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mis hijos no son mi identidad

IMG_3784Por Aixa de López

 

Nos notamos más ahora que somos 6. Y me invitan a hablar más, ahora que somos 6. Nuestras vidas no son las mismas que hace 16 años, cuando solo éramos 2. Ser madre me ha traído a callejones que no conocía y casi ningún otro rol me ha acercado a mi Padre, como este lo ha hecho. Vivo tan agradecida por eso.

Y amo ser mamá, pero no puedo anclar mi identidad allí.

Dios ha mostrado su gracia para mi vida en millones de maneras, y una de ellas, es que hay mañanas en las que al llevar las cuatro loncheras en mis manos, recuerdo que no siempre será así. Las cosas pueden cambiar de la noche a la mañana (como le pasó a Job) o van a cambiar sin que me de cuenta (como pasa siempre). Nuestra felicidad se puede rastrear hasta dónde está nuestra esperanza. ¿Cuál es mi máxima esperanza? ¿Qué es eso que si llegara a perder, me pierdo yo misma?

Eso, es lo que amo, adoro y en lo que tengo envuelta mi identidad. Si ese “algo” no es Dios, estoy en aprietos.

Nunca dejaré de ser madre. Lo seré hasta la tumba. Pero mi raíz no puede estar en ninguna relación humana, porque las relaciones humanas no están hechas para eso. Ningunos hombros humanos soportan el peso de mi expectativa… “Él (o ella) me hará feliz”… Fuimos hechos para pertenecer unos a otros, para amarnos entrañablemente y para que a través de los roces y estirones, seamos santificados, y la relación madre-hijo ciertamente cumple con todo eso, pero si espero conseguir mi validación y mi felicidad a través del desempeño de mis hijos, me voy a volver loca y seguramente desesperaré a mis hijos.

Ultimadamente, Jesús nos llama a profundizar nuestras raíces en la relación con Él, porque sólo de esa relación, brotará la alegría de abrazar la maternidad sin perder la fuerza ni el corazón cuando las cosas no marchan como quisiéramos. Y si el Señor nos dice: “dame tu corazón”… es porque en ningún otro lado nuestro corazón está libre de riesgos. Sólo las manos del Señor pueden servir para sostenerlo, porque sólo esas manos quedarán aunque se detonen 100 bombas nucleares y todo lo demás desaparezca.

Si nuestra esperanza e identidad está depositada en nuestro desempeño como madres, el día que fallamos, nuestra identidad se va por un tubo. Pero, si nuestra identidad está anclada profundamente en la persona de Cristo, y su desempeño perfecto, imputado a nuestro nombre, los días malos son lijas que nos pulen, no mazos que nos destruyen. Y seguimos siendo suyas.

Mi identidad no es “mamá”. Es hija.

 

 


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un nuevo nombre y un helado de limon

IMG_4544Por Aixa de López

 

No era la primera vez que jugaba fut. Pero jamás había jugado con un uniforme que la protegiera tanto. Ese uniforme talla 10 es una armadura, aunque nadie pueda verlo. Es que trae con él, lazos invisibles que la enlazan con nosotros, los que le dimos un nuevo nombre. Trae atado a él una mamá que brinca y grita desde afuera de la cancha. Ese uniforme es una armadura. Es diferente a cualquier otro que haya usado, porque este tiene impreso el nombre por el cual nunca más llorará sola.

El mundo está habitado por una mayoría que nunca celebró un nuevo nombre y que casi seguro, nunca ha parado a considerar el valor y el peso que trae. Hay un contraste, un antes y depués, para quien ha vivido sin este sello de gracia sobre su vida. Hay un profundo pesar cuando nuestro nombre es pronunciado por personas que no pueden prometer jamás dejarnos. En un orfanato, un nombre no une a nada permanente y en vez de ser un colchón sobre el cual poder encontrar calidez y descanso, es un lago profundo, oscuro y frío, lleno de preguntas.

Nuestro nombre es una declaración de que le pertenecemos a alguien, que hay una historia más grande a la cual se nos ha unido y es una respuesta descomunal a la necesidad más básica del hombre: pertenecer. Cuando un padre y una madre nombran a un hijo, extienden su sombrilla protectora incondicional sobre él. El acto de reconocer con nuestro nombre a alguien más, nos une para siempre.

Y perdieron el partido. Pero su corazón no se partió. Y nos fuimos por un helado de limón.

Hay algo irrompible en un niño que llega a puerto seguro. Nace una esperanza que empieza a dar brotes. Tener un nuevo nombre bajo el cual se puede descasar, produce algo curiosamente maravilloso… luchamos más duro porque existe la garantía de que el amor está disponible al otro lado sin importar nada y nos hace más dóciles porque ya no luchamos por obtener un lugar. Tenemos un lugar, una familia, un amor. Somos de alguien. El nombre no es un trofeo que se gana. Es un honor otorgado por gracia, es el sonido que nos dice: “te amo sin que hayas hecho nada”. Ese es el amor que echa fuera el temor. Ese es el único amor que persigue sin cansarse, que “no nos cambia para amarnos, sino que porque ya nos ama, nos cambia.”

El día que me vistió con la justicia por la cual no sudé, ni sangré, con la justicia de Cristo, ese día comencé a jugar con todo mi corazón. Su nombre sobre mí me dio fuerzas para querer honrarlo y su sonrisa y aplauso incondicional, me liberó de querer ganar y si gano, es por Él. Eso de probarme en la cancha ya no importa porque mi ganancia es Él. Es irnos juntos al final, a comer un helado de limón, porque soy suya y nada lo cambiará.

“Pero ahora, así dice el Señor,
 el que te creó, Jacob,
 el que te formó, Israel:
«No temas, que yo te he redimido;
 te he llamado por tu nombre; tú eres mío.” Isaías 43:1

 

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la llamada

IMG_9994Por Aixa de López

 

Era su última noche en el hogar de niños, y la mañana parecía no llegar jamás. Porque no nació para eso. Para dormir en ese lugar donde se tapaba con sábanas prestadas y donde nadie compartía su nombre. Nadie nació para no pertenecerle a alguien más grande. Su alma estaba segura de eso y cuando llamamos contestó.

Contestó porque su corazón ya no estaba en ese lugar, estaba con nosotros. Contestó porque ya no pertenecía allí. Contestó feliz, pero lloró.

Y dijo: “vengan ya. Ya no quiero estar aquí”.

Algo pasa cuando un hijo habla esas palabras al teléfono. Los ojos de Alex y los míos se encontraron y aunque no dijimos nada, saboreamos las lágrimas de ella, en nuestras propias gargantas. Y se nos rompió el corazón, aún sabiendo que todo estaba en orden para llegar por ella para empezar su nuevo “para siempre”.

Esa noche fue eterna. Lo único que mis brazos querían era tomarla, salir corriendo y no soltarla jamás. Mi necesidad de madre era iniciar el proceso de sanación tan pronto como el reloj lo permitiera. Sus lágrimas me obligaban.

Pero hay quienes no lloran. No quieren la llamada, la visita, la entrega a un nuevo destino o un nuevo nombre. Dicen que los dejen en paz porque el hogar de niños es su familia. Generalmente son los “grandes”. Porque eso es su normal. Prefieren no ser hijos, porque piensan que ya lo son. El sistema los ha atrapado y eventualmente ellos han abrazado al sistema. Mueren lentamente aún si no se dan cuenta.

Y cada vez entiendo menos a los “cristianos” que celebran que Jesús nació pero que jamás piensan en que va a regresar y menos entiendo que no añoren esos brazos santos para que empiece ese perfecto “para siempre”. Les insulta el mensaje que los anuncia como huérfanos y desvalidos y a Él como el que viene a salvar…

El Padre llama. Si somos suyos, admitimos nuestra condición caída y contestamos el teléfono llorando. Anhelando que venga por nosotros. Porque nos tapamos con sábanas prestadas en este mundo que no es nuestro hogar. Y su calor no es suficiente.

Nuestra fobia al sonido de la trompeta que lo anunciará, es síntoma de que nuestro corazón está invadido por el sistema de este orfanato llamado mundo, y que hemos llegado a razonar que no necesitamos padre, que esto es lo normal, que podemos vivir bien sin Él, a nuestra manera y que nuestra mejor vida es ahora. Jamás alguien así recibirá la llamada con gozo desesperado. Jamás anhelará su regreso. Jamás descansará en recibir el regalo de un nuevo nombre, que garantiza que pertenecemos a Alguien más grande.

Sentirnos demasiado a gusto en este mundo, nos imposibilita para llorar y gozarnos por su regreso.

Nosotros regresamos por ella un lunes. ¿Cuándo venga Él? no sé. Pero si nosotros regresamos por nuestra niña, Él, que es perfectamente fiel, vendrá. 

 

“Dichosos los que lloran,
    porque serán consolados.
Dichosos los humildes,
    porque recibirán la tierra como herencia.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
    porque serán saciados.” 

Mateo 5:3-5

 

“Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo.”

Romanos 8:22-23

 

“Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida.”

2 Timoteo 4:8

 

 

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eres Su sonrisa

Foto por Misión El Faro, Izabal Guatemala

Foto por Misión El Faro, Izabal Guatemala

por Aixa de López

 

Tu sonrisa perpetua es la sonrisa de Dios sobre mí. Desde que anunciaste tu decisión de ser payaso, a los 6 años, me reí. Su soberanía se ríe de mis planes y me libera de la carga auto-impuesta de una vida artificial que pretende una perfección afuera de Él.

Cada mañana esa cabeza cundida de colochos desordenados y festivos me saludan para recordarme que naciste con la agenda de Dios bajo el brazo, y sin tu permiso, ni el mío (para bendición nuestra) nos ha derribado la necesidad de ir al ritmo de este mundo. Las cosas pueden estar pasando en las noticias, en el tráfico, en la mesa, pero no en tu cabeza. Tus colochos parecen una extensión de la fiesta que vive armada allí adentro. Es bella tu convesación interna. Lo sé porque me abres la puerta para que la oiga a cada rato.

Tu olvido divino de la urgencia de la vida es un regalo que necesito recibir más a menudo… tus preguntas que interrumpen mi carrera mañanera son maneras en que Dios me toma de la barbilla para que lo mire a los ojos… y soy tan tonta y simple, que demasiadas veces me lo quito para ganarle al tráfico y te digo “me contás después”.

Pero sí hago pausas hijo. Y pienso. Y se me hace un nudo en la garganta porque sé que eres prueba de que Dios se ríe y abraza apretado cuando lloro. Porque viniste cuando yo lloraba.

Naciste y regresé a la casa con los brazos más llenos y con muchas más dudas y temores que certeza y alegría. Lo confieso. Me hundía en mis preguntas y el miedo de ser todo esto… porque íbamos sobre la marcha pero sentía como estar subida en un carrusel loco que me había empezado a marear. Estábamos subidos en una vida que parecía de una talla más grande que nuestra espalda. Y de oídas había oído, pero aún faltaba que mis ojos Lo vieran.

Y llorabas para dormir, y llorabas para comer, y llorabas porque alguien ofrecía cargarte… porque la sensibilidad que te hace artista no llegó cuando cumpliste seis, vino contigo porque Dios lo puso allí, antes que nos diéramos cuenta. Yo no sabía que antes de poder hacernos reír, debías llorar tanto… y ser comprendido y arrullado. Quizás permitirte llorar sin condenarte fue el campo fértil donde Dios sembró tu seguridad para pararte con tu traje de colores y arriesgarte a fallar sin perder el corazón. Y casi seguro, allí fue donde se hizo posible la empatía de hacer hermanas a un par de extrañas… Y sospecho que también será el campo donde Él se dará gusto para ponerte a trabajar…

Un hijo dulce y de colores no se forma todas las veces porque una mamá rió y lo hizo todo bien… a veces, se forma así a pesar de las debilidades y lágrimas de esa mamá, para contar la historia del Dios de la redención, que ama para transformar. A veces Dios se complace en mandarle un hijo payaso, a una mujer que sufrió depresión post-parto, porque así queda claro que no se trata de la habilidad humana de mantener el sartén por el mango… sino de su mano poderosa y sonrisa enamorada, que no se cansa de querer eso que ha escogido.

Tu vida me recuerda con constancia, que uno no se sienta a la mesa de Dios a negociar. Porque no somos pares. Él es Dios, temible, majestuoso. Uno se sienta a verlo con los ojos asombrados, a confiar en los planes que Él ya decidió, porque además, es bueno y sabe más. Y tiene sentido del humor.

Yo lo alabo mijo… porque mientras yo lloraba pensando en todo lo que no sabía hacer, y miraba al techo en vez de dormir, Él te hacía soñar adentro de mi vientre, con piruetas, zapatos de colores, globos y trucos de magia.

Eres la sonrisa de Dios sobre mí y Él usa tus manitas de once años para acariciar mi cara…


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