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mis hijos no son mi identidad

IMG_3784Por Aixa de López

 

Nos notamos más ahora que somos 6. Y me invitan a hablar más, ahora que somos 6. Nuestras vidas no son las mismas que hace 16 años, cuando solo éramos 2. Ser madre me ha traído a callejones que no conocía y casi ningún otro rol me ha acercado a mi Padre, como este lo ha hecho. Vivo tan agradecida por eso.

Y amo ser mamá, pero no puedo anclar mi identidad allí.

Dios ha mostrado su gracia para mi vida en millones de maneras, y una de ellas, es que hay mañanas en las que al llevar las cuatro loncheras en mis manos, recuerdo que no siempre será así. Las cosas pueden cambiar de la noche a la mañana (como le pasó a Job) o van a cambiar sin que me de cuenta (como pasa siempre). Nuestra felicidad se puede rastrear hasta dónde está nuestra esperanza. ¿Cuál es mi máxima esperanza? ¿Qué es eso que si llegara a perder, me pierdo yo misma?

Eso, es lo que amo, adoro y en lo que tengo envuelta mi identidad. Si ese “algo” no es Dios, estoy en aprietos.

Nunca dejaré de ser madre. Lo seré hasta la tumba. Pero mi raíz no puede estar en ninguna relación humana, porque las relaciones humanas no están hechas para eso. Ningunos hombros humanos soportan el peso de mi expectativa… “Él (o ella) me hará feliz”… Fuimos hechos para pertenecer unos a otros, para amarnos entrañablemente y para que a través de los roces y estirones, seamos santificados, y la relación madre-hijo ciertamente cumple con todo eso, pero si espero conseguir mi validación y mi felicidad a través del desempeño de mis hijos, me voy a volver loca y seguramente desesperaré a mis hijos.

Ultimadamente, Jesús nos llama a profundizar nuestras raíces en la relación con Él, porque sólo de esa relación, brotará la alegría de abrazar la maternidad sin perder la fuerza ni el corazón cuando las cosas no marchan como quisiéramos. Y si el Señor nos dice: “dame tu corazón”… es porque en ningún otro lado nuestro corazón está libre de riesgos. Sólo las manos del Señor pueden servir para sostenerlo, porque sólo esas manos quedarán aunque se detonen 100 bombas nucleares y todo lo demás desaparezca.

Si nuestra esperanza e identidad está depositada en nuestro desempeño como madres, el día que fallamos, nuestra identidad se va por un tubo. Pero, si nuestra identidad está anclada profundamente en la persona de Cristo, y su desempeño perfecto, imputado a nuestro nombre, los días malos son lijas que nos pulen, no mazos que nos destruyen. Y seguimos siendo suyas.

Mi identidad no es “mamá”. Es hija.

 

 


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un nuevo nombre y un helado de limon

IMG_4544Por Aixa de López

 

No era la primera vez que jugaba fut. Pero jamás había jugado con un uniforme que la protegiera tanto. Ese uniforme talla 10 es una armadura, aunque nadie pueda verlo. Es que trae con él, lazos invisibles que la enlazan con nosotros, los que le dimos un nuevo nombre. Trae atado a él una mamá que brinca y grita desde afuera de la cancha. Ese uniforme es una armadura. Es diferente a cualquier otro que haya usado, porque este tiene impreso el nombre por el cual nunca más llorará sola.

El mundo está habitado por una mayoría que nunca celebró un nuevo nombre y que casi seguro, nunca ha parado a considerar el valor y el peso que trae. Hay un contraste, un antes y depués, para quien ha vivido sin este sello de gracia sobre su vida. Hay un profundo pesar cuando nuestro nombre es pronunciado por personas que no pueden prometer jamás dejarnos. En un orfanato, un nombre no une a nada permanente y en vez de ser un colchón sobre el cual poder encontrar calidez y descanso, es un lago profundo, oscuro y frío, lleno de preguntas.

Nuestro nombre es una declaración de que le pertenecemos a alguien, que hay una historia más grande a la cual se nos ha unido y es una respuesta descomunal a la necesidad más básica del hombre: pertenecer. Cuando un padre y una madre nombran a un hijo, extienden su sombrilla protectora incondicional sobre él. El acto de reconocer con nuestro nombre a alguien más, nos une para siempre.

Y perdieron el partido. Pero su corazón no se partió. Y nos fuimos por un helado de limón.

Hay algo irrompible en un niño que llega a puerto seguro. Nace una esperanza que empieza a dar brotes. Tener un nuevo nombre bajo el cual se puede descasar, produce algo curiosamente maravilloso… luchamos más duro porque existe la garantía de que el amor está disponible al otro lado sin importar nada y nos hace más dóciles porque ya no luchamos por obtener un lugar. Tenemos un lugar, una familia, un amor. Somos de alguien. El nombre no es un trofeo que se gana. Es un honor otorgado por gracia, es el sonido que nos dice: “te amo sin que hayas hecho nada”. Ese es el amor que echa fuera el temor. Ese es el único amor que persigue sin cansarse, que “no nos cambia para amarnos, sino que porque ya nos ama, nos cambia.”

El día que me vistió con la justicia por la cual no sudé, ni sangré, con la justicia de Cristo, ese día comencé a jugar con todo mi corazón. Su nombre sobre mí me dio fuerzas para querer honrarlo y su sonrisa y aplauso incondicional, me liberó de querer ganar y si gano, es por Él. Eso de probarme en la cancha ya no importa porque mi ganancia es Él. Es irnos juntos al final, a comer un helado de limón, porque soy suya y nada lo cambiará.

“Pero ahora, así dice el Señor,
 el que te creó, Jacob,
 el que te formó, Israel:
«No temas, que yo te he redimido;
 te he llamado por tu nombre; tú eres mío.” Isaías 43:1

 

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la llamada

IMG_9994Por Aixa de López

 

Era su última noche en el hogar de niños, y la mañana parecía no llegar jamás. Porque no nació para eso. Para dormir en ese lugar donde se tapaba con sábanas prestadas y donde nadie compartía su nombre. Nadie nació para no pertenecerle a alguien más grande. Su alma estaba segura de eso y cuando llamamos contestó.

Contestó porque su corazón ya no estaba en ese lugar, estaba con nosotros. Contestó porque ya no pertenecía allí. Contestó feliz, pero lloró.

Y dijo: “vengan ya. Ya no quiero estar aquí”.

Algo pasa cuando un hijo habla esas palabras al teléfono. Los ojos de Alex y los míos se encontraron y aunque no dijimos nada, saboreamos las lágrimas de ella, en nuestras propias gargantas. Y se nos rompió el corazón, aún sabiendo que todo estaba en orden para llegar por ella para empezar su nuevo “para siempre”.

Esa noche fue eterna. Lo único que mis brazos querían era tomarla, salir corriendo y no soltarla jamás. Mi necesidad de madre era iniciar el proceso de sanación tan pronto como el reloj lo permitiera. Sus lágrimas me obligaban.

Pero hay quienes no lloran. No quieren la llamada, la visita, la entrega a un nuevo destino o un nuevo nombre. Dicen que los dejen en paz porque el hogar de niños es su familia. Generalmente son los “grandes”. Porque eso es su normal. Prefieren no ser hijos, porque piensan que ya lo son. El sistema los ha atrapado y eventualmente ellos han abrazado al sistema. Mueren lentamente aún si no se dan cuenta.

Y cada vez entiendo menos a los “cristianos” que celebran que Jesús nació pero que jamás piensan en que va a regresar y menos entiendo que no añoren esos brazos santos para que empiece ese perfecto “para siempre”. Les insulta el mensaje que los anuncia como huérfanos y desvalidos y a Él como el que viene a salvar…

El Padre llama. Si somos suyos, admitimos nuestra condición caída y contestamos el teléfono llorando. Anhelando que venga por nosotros. Porque nos tapamos con sábanas prestadas en este mundo que no es nuestro hogar. Y su calor no es suficiente.

Nuestra fobia al sonido de la trompeta que lo anunciará, es síntoma de que nuestro corazón está invadido por el sistema de este orfanato llamado mundo, y que hemos llegado a razonar que no necesitamos padre, que esto es lo normal, que podemos vivir bien sin Él, a nuestra manera y que nuestra mejor vida es ahora. Jamás alguien así recibirá la llamada con gozo desesperado. Jamás anhelará su regreso. Jamás descansará en recibir el regalo de un nuevo nombre, que garantiza que pertenecemos a Alguien más grande.

Sentirnos demasiado a gusto en este mundo, nos imposibilita para llorar y gozarnos por su regreso.

Nosotros regresamos por ella un lunes. ¿Cuándo venga Él? no sé. Pero si nosotros regresamos por nuestra niña, Él, que es perfectamente fiel, vendrá. 

 

“Dichosos los que lloran,
    porque serán consolados.
Dichosos los humildes,
    porque recibirán la tierra como herencia.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,
    porque serán saciados.” 

Mateo 5:3-5

 

“Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo.”

Romanos 8:22-23

 

“Por lo demás me espera la corona de justicia que el Señor, el juez justo, me otorgará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que con amor hayan esperado su venida.”

2 Timoteo 4:8

 

 

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eres Su sonrisa

Foto por Misión El Faro, Izabal Guatemala

Foto por Misión El Faro, Izabal Guatemala

por Aixa de López

 

Tu sonrisa perpetua es la sonrisa de Dios sobre mí. Desde que anunciaste tu decisión de ser payaso, a los 6 años, me reí. Su soberanía se ríe de mis planes y me libera de la carga auto-impuesta de una vida artificial que pretende una perfección afuera de Él.

Cada mañana esa cabeza cundida de colochos desordenados y festivos me saludan para recordarme que naciste con la agenda de Dios bajo el brazo, y sin tu permiso, ni el mío (para bendición nuestra) nos ha derribado la necesidad de ir al ritmo de este mundo. Las cosas pueden estar pasando en las noticias, en el tráfico, en la mesa, pero no en tu cabeza. Tus colochos parecen una extensión de la fiesta que vive armada allí adentro. Es bella tu convesación interna. Lo sé porque me abres la puerta para que la oiga a cada rato.

Tu olvido divino de la urgencia de la vida es un regalo que necesito recibir más a menudo… tus preguntas que interrumpen mi carrera mañanera son maneras en que Dios me toma de la barbilla para que lo mire a los ojos… y soy tan tonta y simple, que demasiadas veces me lo quito para ganarle al tráfico y te digo “me contás después”.

Pero sí hago pausas hijo. Y pienso. Y se me hace un nudo en la garganta porque sé que eres prueba de que Dios se ríe y abraza apretado cuando lloro. Porque viniste cuando yo lloraba.

Naciste y regresé a la casa con los brazos más llenos y con muchas más dudas y temores que certeza y alegría. Lo confieso. Me hundía en mis preguntas y el miedo de ser todo esto… porque íbamos sobre la marcha pero sentía como estar subida en un carrusel loco que me había empezado a marear. Estábamos subidos en una vida que parecía de una talla más grande que nuestra espalda. Y de oídas había oído, pero aún faltaba que mis ojos Lo vieran.

Y llorabas para dormir, y llorabas para comer, y llorabas porque alguien ofrecía cargarte… porque la sensibilidad que te hace artista no llegó cuando cumpliste seis, vino contigo porque Dios lo puso allí, antes que nos diéramos cuenta. Yo no sabía que antes de poder hacernos reír, debías llorar tanto… y ser comprendido y arrullado. Quizás permitirte llorar sin condenarte fue el campo fértil donde Dios sembró tu seguridad para pararte con tu traje de colores y arriesgarte a fallar sin perder el corazón. Y casi seguro, allí fue donde se hizo posible la empatía de hacer hermanas a un par de extrañas… Y sospecho que también será el campo donde Él se dará gusto para ponerte a trabajar…

Un hijo dulce y de colores no se forma todas las veces porque una mamá rió y lo hizo todo bien… a veces, se forma así a pesar de las debilidades y lágrimas de esa mamá, para contar la historia del Dios de la redención, que ama para transformar. A veces Dios se complace en mandarle un hijo payaso, a una mujer que sufrió depresión post-parto, porque así queda claro que no se trata de la habilidad humana de mantener el sartén por el mango… sino de su mano poderosa y sonrisa enamorada, que no se cansa de querer eso que ha escogido.

Tu vida me recuerda con constancia, que uno no se sienta a la mesa de Dios a negociar. Porque no somos pares. Él es Dios, temible, majestuoso. Uno se sienta a verlo con los ojos asombrados, a confiar en los planes que Él ya decidió, porque además, es bueno y sabe más. Y tiene sentido del humor.

Yo lo alabo mijo… porque mientras yo lloraba pensando en todo lo que no sabía hacer, y miraba al techo en vez de dormir, Él te hacía soñar adentro de mi vientre, con piruetas, zapatos de colores, globos y trucos de magia.

Eres la sonrisa de Dios sobre mí y Él usa tus manitas de once años para acariciar mi cara…


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llorar y bailar

Por Aixa de López

 

Lloré de ver la belleza que no solicité. No la engendré y no la busqué. Pero vino a mí porque Él la envió.

Lo ví deleitandose en mí, lo ví con ojos llorosos de amor, porque me vio y me sacó a bailar. Lo rechacé y de todos modos me amó. Siguió dirigiendo el waltz como si me importara. Al principio sonó como culaquier cosa, pero era como si con cada nota, me abriera los oídos. Y me decía que me amaba en cada una. Y sentada allí, en el salón al que entré sin sentir, lo vi por primera vez, vi el color de sus ojos y la sonrisa que me invadió el alma, y vi los colores como nunca antes, y las lámparas que colgaban jamás tuvieron mayor destello. Y mi corazón comenzó a latir y mi cabeza empezó a seguir el ritmo.

Y a la vez que me conmovía, me aterraba pensar en cuántas veces lo rechacé y me burlé. Me vi vestida andrajosa en esta gala a la que me trajeron, y lloré de dolor y lloré de amor. ¿Quién puede amar así?

Pero mientras sonaba su canción, me extendió su mano poderosa, que no parecía de director de orquesta, sino de carpintero, y me rodeó como un papá hace con su hija de quince años, y me hizo bailar. Y lloramos Él y yo, porque me tenía.  Al fin, me tenía. Y mientras yo confiaba en su paso, empecé a sentir como si la melodía no fuera nueva y la hubiera sabido desde siempre, la empecé a recordar… y comprendí que no hay vida afuera de Sus brazos y que nací para este waltz.

Entendí que no se llega aquí por voluntad propia, sino sólo por Su amor. Volteé y vi a miles de otras “quinceañeras” a mi alrededor, conmovidas con ese mismo amor. Ninguna vino porque quiso. El Padre las trajo para demostrar que lo suyo es amar y redimir, traer al baile a las que menos pensamos que lo queremos pero que más lo necesitamos. Y desde ese día confío y lo veo. Oigo y creo. Lloro y bailo.

 

“El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama y quería cumplir su juramento a tus antepasados; por eso te rescató del poder del faraón, el rey de Egipto, y te sacó de la esclavitud con gran despliegue de fuerza.”

Deuteronomio 7:7-8


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en silencio y en chiquito.

Milagro en el jardín. Foto por Aixa.

Milagro en el jardín. Foto por Aixa.

Por Aixa de López

 

Cuando Dios está salvando, se ve como cualquier cosa. Así se ve. A veces pareciera como si Dios se olvidó de lo que había dicho que haría. Pero es imposible. Porque es Dios.

Si todo el Antiguo Testamento es sólo una trompeta que anuncia que Dios bajaría a salvar al mundo, así lo haría. Y pareciera que después de toda esa introducción, vendría como cuando abrió el mar y pasó Su pueblo. O como cuando habló con Moisés en el monte, en medio de truenos. Algo espectacular. Pero no. La salvación no empieza con ruido, sino en silencio y en chiquito. Las orugas se vuelven mariposas para contar esa historia todos los días, y millones nacen a nuestro alrededor sin ser notadas tampoco.

Todo lo profetizado se estaba llevando a cumplimiento, Dios en la carne tuvo una hora y un lugar donde arribar. Pero tocaban la puerta y nadie podía ver más que a una parejita joven, con una molestia extra… nadie tenía tiempo ni espacio para “otro”.

La historia de la humanidad se estaba partiendo en dos entre esos dolores de parto y el olor a establo. Y Belén en su rutina. Parecía una noche totalmente normal. Dios desbordando de amor y respirando por primera vez con pulmones de recién nacido, llorando con potencia por un poco de leche… y el mundo no volteó a ver.

La redención de la humanidad no comienza en el Calvario. Comienza en Belén, y antes de eso. Como bien dijo Raúl Garduño Jr “antes que Dios dijera hagase la luz, dijo hagase la cruz”. Dios puso en marcha nuestro rescate desde el inicio, antes del pecado, porque fuimos creados para darle gloria y nada le trae más gloria que rescatar rebeldes traidores y hacerlos hijos… Y a menudo, esa salvación está ocurriendo pero el mundo parece ignorarlo por completo.

Dios nunca ha dejado de trabajar. No duerme ni se toma días libres. Está haciendo lo que dijo que haría. La primera fase del plan está completa, eso quiere decir que lo que falta, que es Su regreso para restaurar todas las cosas, también se cumplirá. No lo ha olvidado y la salvación sigue recogiendo los frutos que daría. Aunque haya días donde pareciera que no está pasando nada.

Yo anuncio el fin desde el principio;
    desde los tiempos antiguos, lo que está por venir.
Yo digo: Mi propósito se cumplirá,
    y haré todo lo que deseo.

Isaías 46:10

 


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que nos pregunten

lluvia en Izabal. Foto por Aixa

Lluvia en Izabal. Foto por Aixa

Por Aixa de López

 

La gente piensa que nos conoce. A los que nos decimos cristianos. Hay estereotipos. Nos reconocen por lo que hacemos y a veces más por lo que no hacemos. Por nuestras agendas de domingo en la mañana. Por nuestras estaciones de radio y nuestras calcomanías en el carro. Por nuestras playeras con versículos. “No que eso tenga algo de malo” diría Seinfeld.

Pero hay algo que debe causarles una profunda intriga. Aún cuando creen conocernos.

Porque cualquier mortal en circunstacias “felices” pasa desapercibido si se muestra feliz. Eso es lo lógico, lo esperado. Pero el que en medio del quebranto, ¿sigue diciendo que Dios es Bueno? ese causa preguntas.

“…Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes…” 1 Pedro 3:15

La marca del verdadero discípulo no está por fuera. Está tallado en un corazón que ha llorado y sigue confiando. El verdadero discípulo está loco… no sólo soporta las pruebas y pérdidas, sino reconoce que todo es provisión divina para ser transformado a la imagen de Cristo y que ninguna de sus lágrimas es desperdiciada. Pero eso no es todo. El que pertenece al Señor verdaderamente, recibe el regalo de regocijarse en el sufrimiento. Es una locura de veras. No se regocija porque no ha llegado hasta él el dolor o porque ya pasó, se regocija mientras pasa por él. Es lo más ilógico y contra-cultural que existe.

Los discípulos debemos vivir vidas que provoquen conversaciones en las que se nos pida razón de nuestra esperanza, no de nuestros prejuicios o hábitos externos. 

Eso desubica a los que creen conocer lo que es un cristiano, y sorprendentemente, también a los cristianos nominales (de nombre), porque hay muchos que creen que creen pero no han conocido al Señor en verdad y se evidencia cuando llega el momento de atravesar el valle… porque de tocarnos, tiene. El famoso Salmo 23 no dice “si llego a pasar por el valle de sombra y de muerte”… dice “cuando pase”.

Damos más testimonio de lo que creemos cuando sufrimos que cuando reímos. Nosotros sabemos que nada en esta vida es permanente. Aún lo bello y bueno que Él nos da. Sabemos que somos extranjeros. Hemos entendido, en todo este proceso, que no pertenecemos aquí, y a medida que echamos raíces en Cristo, este mundo pierde su atractivo y nos vamos desarraigando. Simultáneamente crecemos en amor para nuestro Dios, amor para nuestro prójimo y amor para nuestro verdadero hogar…

Ver el dolor y experimentar la pérdida nos abre puertas y nos extiende alformbras rojas, para entrar a las vidas de los que curiosos ven, cómo en medio de las lágrimas y hasta confusión, seguimos aferrados a las promesas del Dios que nos dio y nos quitó.

“Sufrir bien” fue lo que el pastor Matt Chandler le pidió al Señor en oración, cuando fue diagnosticado con un tumor cerebral. El pastor Chandler había notado que su amada congregación tejana no estaba preparada para pasar por el valle de sombra y de muerte, porque nunca habían entendido bien que vivir para Jesús no era que Jesús vive para concedernos el cielo en la tierra, sino santificarnos para amarlo y reflejarlo.

El Señor hace salir el sol sobre buenos y malos. Y la lluvia también. Los discípulos no nos distinguimos por llevar una sombrilla divina que nos hace mágicamente impermeables, nos distinguimos porque en medio del chaparrón, adoramos. Aún sin sentirlo. Aún llorando. Porque confiamos y sabemos que sabemos que sabemos, que la lluvia es necesaria. Que es bendición, que hará que el desierto sea verde. Aún si no fuera de este lado de la eternidad.

El que ha oído la voz de su Buen Pastor, ve el sufrimiento de manera diferente. No le soprende. Lo espera. Porque es parte del paquete. Y le duele, si, pero no le sorprende. Llora, pero no se desespera. Clama cuando no entiende, pero confía. Tiene esperanza. Y no precisamente de que Dios lo resolverá tal y como desea, sino de que sea lo que sea que Dios decida, será para su bien, y al final, cuando lo vea cara a cara, todo tendrá perfecto sentido.

Y mientras nos llueve encima, y seguimos adorando, habrá quien pare y pregunte sobre la esperanza que nos sostiene. Y así sabrán que somos Suyos.

 

Queridos hermanos, no se extrañen del fuego de la prueba que están soportando, como si fuera algo insólito. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también sea inmensa su alegría cuando se revele la gloria de Cristo.” 1 Pedro 4:12

 

“…también nos regocijamos en los sufrimientos, porque sabemos que los sufrimientos producen resistencia, la resistencia produce un carácter aprobado, y el carácter aprobado produce esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado.” Romanos 5:3-5

 

 

 


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Nuevas cuerdas y martillos.

IMG_6660Por Aixa de López

 

Como el piano. Mi esposo lo compró con sus ahorros hace como 20 años, y aunque se siente frente a él con la mejor inspiración y destreza y las teclas estén en su lugar, si las cuerdas y martillos que lo hacen funcionar desde adentro no están afinadas, no va a sonar como tendría. El piano no necesita que lo desempolvemos, enceremos y le blanqueemos las teclas, necesita que venga Marvin, el especialista, con sus instrumentos y su conocimiento para ver el interior, porque el problema no es por fuera, es por dentro.

Y nosotros estamos locos si creemos que con fuerza de voluntad y nuevos planes y resoluciones de año nuevo vamos a poder “sonar” como debiéramos.

Si nuestro problema más grande fuera el comportamiento, hubiéramos recibido un entrenador, no un redentor, pero requirió no sólo la encarnación del Dios del cielo sino su ejecución cruel por el crimen que jamás cometió, en sustitución nuestra, para “afinarnos”.

Es una necedad insistir en modificar el comportamiento si nuestras cuerdas y martillos siguen sin regenerar.

Decimos creer que no es por obras pero insistimos en auto-superarnos, auto-mejorar y auto-redimirnos… Seguimos esperando que nuestros nuevos hábitos nos den nueva vida, pero ninguno de carne y hueso solamente, podrá lograr eso. El hombre natural jamás podrá parecerse a Jesus. No sin quedar agotado, resentido, o sintiéndose superior al sentir que lo logra por un sólo día. Solo el que muere a sí mismo puede resucitar en Él.

“Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes.” Ezequiel 36:26-27

  1. Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes
  2.  y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes.

Está escrito muy claro: El nuevo comportamiento siempre sigue al regalo de un nuevo corazón. No al revés. Alguien nace a la vida verdadera cuando muere a la idea de que puede pagar su entrada al cielo siendo buena gente, mejor esposo, mejor papá, mejor trabajador… Sólo se nace de nuevo cuando hay rendición, no más fuerza de voluntad. Allí hacen sentido las palabras de Jesús: “Vengan a mi los que están trabajados y cansados, que yo los haré descansar”. No necesitamos tratar más fuerte, necesitamos rendirnos para que se haga efectiva la salvación. Él salva al mendigo. Al incapaz. Al débil. Al cansado de tratar.

Me temo que hay demasiadas almas agobiadas y agotadas entrando a nuestras iglesias cada domingo… se sientan y piensan “ahora si lo voy a lograr… voy a mejorar” y se proponen vivir para Jesús cumpliendo con listas de supermercado. Es de vida o muerte aclarar el orden… Rendición y salvación, antes de cambio de comportamiento… Cambio de comportamiento como consecuencia del rescate. No como pre-requisito.

No necesitamos una sacudida y encerada. Necesitamos nuevas cuerdas y martillos. No necesitamos nuevos hábitos, necesitamos nuevos corazones. Necesitamos a Jesús y necesitamos desesperadamente que nos recuerden su evangelio… que es la mejor de las noticias: “lo peor que nos podría pasar [morir], ya nos pasó en Él y lo mejor que nos va a pasar [resucitar], ya nos fue garantizado en Él”*. Y allí, al oír La Verdad, ocurrirá el milagro del transplante, y entonces comenzaremos a escuchar una melodía suave pero tierna, que vendrá de adentro y se pondrá cada vez más fuerte, al punto de hacernos bailar. Nuevas cuerdas y martillos.

 

*paráfrasis de cita por Russell D. Moore.

 


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